Pepe y Alan, los hospitalarios del albergue habían sido extremadamente amables con nosotros a pesar de, o más bien por causa de, ser voluntarios. Para variar fuimos los últimos en salir y buscamos un lugar para desayunar ahí en Nájera. Seguimos la recomendación de Pepe y llegamos a un bar muy cerca que atendía un argentino.

Al día siguiente de renunciar a mi trabajo, un martes, me di cuenta que para las 10am ya estaba listo para quejarme de algo, sin embargo no tenía de qué. Mi reloj biológico estaba acostumbrado a hacer eso y trabajando en una oficina era siempre fácil culpar a algo o alguien por mi miseria. Hasta ahora no había quejas ya que todo ha sido novedad, actividad y algo de preocupación pero más que nada ocupación.

El trato del argentino me pareció bastante desagradable y noté que en ese momento me empecé a quejar de todo lo que no me gustaba tanto hasta ahora. Observé todo el proceso e ignoré lo que para mi parecía arrogancia innecesaria. He vivido en argentina y tengo muy buenos recuerdos y amistades. Salimos de ahí, nos fuimos a estirar y calentar músculos al lado del río y salimos del pueblo. Poco después deje a Jennifer atrás.

Los paisajes de la región de Castilla y León empezaron increíbles también. Pase por un pueblo que seguía de una muy buena bajada, crucé un río y me senté a la orilla a comer y luego a escribir en el blog. Me paré a comer a un pueblo como de 50 personas llamado Espinosa, pero no creo que mi familia tenga algo que ver con eso.

Después de varios pueblos y subidas llegué a un lugar llamado Villafranca. Iba cruzándolo la parte final por una su ida bastante pronunciada y un señor de como 80 años me empezó a hablar hasta que tuve que parar. Nos sentamos en una banca viendo hacia el paisaje del pueblo y el valle y me empezó a contar del pueblo y de lo que ha visto. Me recomendó el hotel y albergue que estaba justo al lado y que era la última construcción del pueblo.

Decidí entonces quedarme en ese albergue. Estaban decididos a atraer gente con cualquier presupuesto, los precios del albergue eran de 5, 8 o 10 euros, dependiendo del número de camas, el hotel era de 30, 40 y 70, y lo que parecía broma era el desayuno que había de 3, 6 y 8 euros dependiendo de lo que comieras.

El edificio y las camas estaban bastante bien, cene con dos italianos jubilados que tenían mucha paciencia con mi italiano y yo con su español. Esto confirmó mi teoría de que en los pueblos chicos los albergues son bastante mejor que en las ciudades grandes.

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