Cual hotel cinco estrellas desayuné molletes con frijoles, queso, salsa ‘La Costeña’, jugo de naranja… y para cerrar, chocolate abuelita! Iván y Yisela se llevaron un diez siendo anfitriones en Luxemburgo.

Salsa y yo emprendimos el camino a la ciudad para tomar el tren a la frontera de Alemania. Haber rodado en Holanda me malacostumbró a usar caminos para bicicleta en cualquier calle o avenida. Llegué en tren a Trier para atravesar en bici el parque natural Saar-Hunsrück en Alemania.

El paisaje era muy diferente a lo que había visto en las últimas semanas. Seguí el río que separaba a dos pequeñas cadenas de montañas con abundante vegetación. El camino estaba siempre al lado del río y la sensación que daba el agua al rodar era en algunos momentos de estar más arriba que la tierra. Hasta ahora salsa, yo y la naturaleza íbamos en muy buenos términos, no había lluvia pero tampoco estaba soleado.
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Lo inevitable empezó, primero una lluvia muy ligera, cubrí con una bolsa de sandwich el iPhone, que va fijo a la potencia (el palito que conecta el cuadro al manubrio), y decidí no ponerme pantalones, cubre botas ni guantes completos. Los pantalones eran extremadamente calientes, lo que representaba estar sudando por dentro y empapado por fuera, prefería ir en shorts con las piernas mojadas.

Pasé por Mettlach donde titubeé en quedarme a dormir ahí pero eso era en el km 40 y algo, sentí que todavía tenía energía y luz para seguir y seguí. En ese momento empezó a llover más fuerte, dejo de funcionar el velocímetro y el frío empezó un poco más fuerte. Mientras sintiera los dedos y tuviera movilidad, todo estaba bien pensé. Cuando vi el mapa en el teléfono a través de la bolsa mojada me di cuenta que estaba dando una vuelta hacia el norte que quería evitar, pero ya estaba dentro. El recorrido había estado bien, pero fue hasta ese momento que me dije que valió la pena ese camino. Las montañas se empezaron a cerrar hacia el río, la vegetación se volvió más tupida y el camino dejo de estar pavimentado. Tardé varios kilómetros en darme cuenta de que a pesar de estar rodeado por cientos de especies en la tierra, río y vegetación, era el único humano en un buen trecho. Los rayos de las llantas empezaron a hacer ruidos y traté de dejar ir la inevitable idea de qué pasaría si tuviera una falla mecánica en ese lugar en medio de la lluvia. En lugar de eso, disfruté el paisaje y el momento, pensé en cuantos años habrá estado en esa forma sin ser tocado y qué tan cerca estuvo de ser afectado por las guerras. La lluvia me impidió sacar las fotos que quería, saque rápido la iPad y tome ésta ya saliendo de las paredes de montañas.

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A partir de ahí la situación se empezó a complicar un poco, la lluvia vino más fuerte, faltaban 13km, seguía lejos de algún pueblo, se le acabó la pila a la lámpara de atrás y el frío aumentaba. No era momento de cansarse ni de tener dolor de hombros ni de ligamento en la rodilla. Sólo había que seguir, mi estrategia era verme cenando a tal hora. Hoy me veía cenando a las 8pm. Perdí fuerza en los dedos de los pies y de las manos, los cambios de velocidades se hacían cada vez más difíciles para ir un engrane más arriba.

Si me detenía los músculos se enfriaban y el dolor vendría inevitablemente haciendo que el arranque fuera aún más difícil, la sangre circularía más lento y calentaría aún menos pies y manos. Y lo peor de todo, los lentes se empañaban en cada parada. La opción era solamente seguir. Laura, una persona de couchsurfing probablemente me hospedaría, tenía que revisar mi correo pero no tenía conexión. Por fin llegue a Merzig, trate de buscar wifi gratis, no encontré nada. Vi un hotel, rodeé la zona para ver sí había más opciones pero era la única. Me detuve enfrente de la puerta principal con la intensión de dejar el casco en la bici como siempre hacía. Más que sufrimiento, esto se había vuelto un reto, no tenía las fuerzas en los dedos para desabrochar el casco del cuello. Intenté con las dos manos, una de cada lado, una apretando a la otra, pero fue inútil. Le di el paso a una persona para que entrara al hotel. Por un momento pensé en preguntarle si me podía ayudar. Al final vi que no estaba tan apretado y con un poco de esfuerzo pude sacar la cabeza por enfrente con el casco abrochado. El precio del cuarto era razonable, y aunque no lo fuera no tenía otro hotel cerca. La recepcionista me mandó a guardar a salsa al cuarto de lavandería. Con un gran esfuerzo pude ponerle el cable y candado que aseguraban las llantas, el asiento y el marco. Yo y mis alforjas estábamos completamente empapados de 4 horas de lluvia y no estaba seguro cómo entrar al lugar que seguro tiene varios siglos de existir.

Saqué una de las sábanas del hotel que tenían en una bolsa para lavar y le quite el lodo, las hojas y agua a las alforjas y le di una pasadita a salsa. Me dieron las llaves, subí y me di el baño más caliente y extendido que he tenido en mucho tiempo. Mi misión era no salir de la regadera hasta que sintiera todos los dedos otra vez.

Bajé a cenar, me di cuenta que no había comido nada desde medio día, pero valió la pena ver el paisaje y llegar a cenar a este lugar. 20130514-000109.jpg

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